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LA VIDA
En las afueras de Buenos Aires siempre ha habido muchísimos barrios privados, countries, y pequeñas ciudades. Había una, en especial, llamada Viento de Pinos. Las casas de la ciudad de viento de pinos estaban separadas por media cuadra entre si, por lo que charlar con los vecinos no era un entretenimiento, si no un ejercicio.
En la casa número 22, El Muérdago, vivía algo parecido a una familia. Una cuasi-familia, podríamos decir. Ésta se conformaba de un padre, viudo, la esposa del padre, y el hijo que el padre había tenido con su secretaria mientras aún estaba casado con su ex esposa, ahora muerta. Complicado, ¿verdad? El hombre se llamaba Jorge Di Gregori, la mujer, Clarisse Giménez, y el niño, Alnas Di Gregori.
La historia podría centrarse en cualquiera de los cinco personajes ya nombrados; Jorge Di Gregori era dueño de una fábrica de velas aromáticas “Velas Di Gregori & Cia.”, la cual era muy exitosa. Su ex esposa había sido campeona internacional de karate cuando era joven. La ex secretaria era proveniente de una familia de tradición celta, que practicaba el druidismo. Clarisse Giménez fue reina de belleza Argentina durante 3 años consecutivos. Pero quizás quien más llame la atención para una historia sea el hijo de Jorge: Alnas. Él nació un 21 de Junio, al mismo tiempo que su madre biológica moría; de cualquier forma, Al siempre consideró a Sheila, la ex esposa de su padre, como su mamá. Ella realmente lo quería mucho, a diferencia de Jorge, que le profesaba un odio y un asco increíbles, y no se molestaba en ocultarlos.
Pero, cuando el niño cumplió 9 años, Sheila y Jorge tuvieron una discusión muy fuerte, y ella se fue de la casa con la promesa de que volvería a la mañana siguiente para buscar a Alnas. Nunca llegó. Su auto se estampó contra un poste de luz, y ella murió en el acto. 3 meses más tarde, Jorge ya estaba comprometido con Clarisse, quien incluso antes de conocer a Alnas, lo odiaba profundamente. Era de esperarse, habiendo compartido un mes entero con su prometido.
La cuestión es que el chico creció en un ambiente de odio e indiferencia. La única razón por la cual su padre lo seguía manteniendo, era para no llamar la atención de los policías que lo conocían.

A los 13 años de edad, Alnas seguía valiendo menos que una mota de polvo en su casa. En la escuela no era muy distinto. Él era hábil, aunque un poco flacucho. No pudo hacer muchos amigos, ya que desde que entró en la primaria lo tacharon de raro. Bueno, eso en realidad no lo sorprendió demasiado: no conocía otra persona en el mundo que tuviera su mismo tono violeta oscuro de cabello, o esos ojos entre miel y naranja. Sí, a simple vista su pelo violeta hasta los omóplatos recogido en colita y sus ojos como faroles no daban una buena primera impresión. Pero el era bueno, en serio. Y muy inteligente. No había clase en la que no entendiera lo que se explicaba, ni examen en el que su nota bajara de 8. Pero, a pesar de todas sus virtudes, su padre se había encargado de que todos pensaran que no era más que un fenómeno con alguna enfermedad contagiosa.

Inclusive en las peores situaciones, la vida siempre nos da un rayo de esperanza. El de Alnas se llamaba Marcos Sierras. Marcos y Alnas se llevaron bien desde que se conocieron, en primer grado: Al estaba sentado en un sube y baja sólo, sin almuerzo, y en eso se acercó Marcos, dispuesto a darle medio sandwich. Nunca nadie le había dado media galletita, y mucho menos medio sandwich. Luego de eso ambos se hicieron inseparables. Pero claro, los padres de Marcos no estaban muy de acuerdo de que su hijo se hiciera amigo de alguien como Alnas, por lo que la escuela y sus alrededores eran los únicos lugares en donde el podía despejar su cabeza del tedioso ambiente en su casa. Su amigo era moreno y alto, y un amante de los deportes, a diferencia suya.

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