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CUATRO
Todos amamos al loco del carcaj

PERIÓDICO

-Eh, parásito, qué vamos a comer hoy? –Preguntó sin mucha curiosidad Clarisse, mientras que Alnas revolvía su salsa de champiñones.
-Ah, espero que te guste: gusanos al escabeche –respondió con sonrisa maliciosa, y se dio vuelta un segundo para ver la cara de espanto que ponía su madrastra.- Qué? No te gustan? Pero si están llenos de proteínas!
-Mocoso… -En eso ambos escucharon cómo la puerta de entrada se habría: Jorge había llegado. Clarisse se quedó escuchando un momento mientras que su marido dejaba su abrigo y sus llaves en el living, y luego se enderezó y anunció: -Mi amor! Estoy en la cocina!
Se oyeron pasos apresurados y entonces, mientras seguía revolviendo la salsa, Alnas pudo ver por el rabillo del ojo cómo su corpulento padre entraba por la puerta. La verdad, padre e hijo no podían ser más diferentes: Jorge era grande, pero no alto, y tenía un cabello de color ceniza, por donde empezaban a notarse algunas entradas y canas; no había cosa más curiosa que verlo caminar, parecía un orangután con complejo de humano. En cambio, Alnas era alto y flaco, los poco frecuentes colores de su cabello y ojos le resaltaban en seguida unas facciones que poco tenían que ver con su progenitor, y se movía con elegancia y gracia.
Jorge vio a su esposa y la besó, para luego soltar una mirada de odio hacia su hijo y preguntaba un débil “cómo te fue hoy?”.
-Ay, re bien. –Contestó Clarisse mientras su marido se sentaba a la mesa,- hoy fui a la peluquería y, sabés de qué me enteré? Van a reabrir el restaurante en el que nos conocimos, te acordás? Sisi, “Flores de Invierno”. No, pasa que los dueños se reconciliaron y decidieron abrirlo. No querés que vayamos hoy…? –Terminó pestañando demasiado.
-Vemos. Primero quiero cenar. –Respondió el hombre, agotado. Como respuesta a su declaración, Alnas se apresuró a servir los fideos en sendos platos, para luego echarles algo de salsa encima. Los llevó a la mesa sin hacer ruido, y puso los cubiertos, vasos y las jarras de forma rápida y automática. Él comería solo, luego, cuando la comida ya estuviera fría. Cuando terminó con sus labores de sirviente invisible, agarró su mochila para llevarla a su pieza, pero antes de que pudiera darse cuenta, su padre ya había agarrado el examen que había dejado descuidadamente sobre la mesa. Vio como Jorge, a medida que leía las respuestas y buscaba la nota se encolerizaba y se ponía cada vez más rojo. Cuando terminó, su cara ya estaba bordó. Hizo un bollo con el papel que tenía en sus manos, y se lo lanzó a su hijo por la cabeza. Alnas estaba paralizado, había planeado que su padre nunca encontrara esa prueba, pero fue lo suficientemente estúpido como para dejarla en la mesa al llegar. Cerró los ojos, y, cuando se quiso dar cuenta, Jorge lo había levantado del suelo por el cuello de su remera gastada, y lo llevaba escaleras arriba hasta el armario en el que Alnas había preparado su comida horas atrás. Jorge era tan robusto, y su hijo tan liviano, que no le costó llevarlo colgando por la casa hasta su destino. Metió al chico en el armario y, antes de que este pudiera siquiera replicar, lo cerró de golpe. –NO TE CREAS PERFECTO, MOCOSO!!- Le gritó desde afuera, encolerizado. Entonces bajó las escaleras y entró a la cocina para comer como si nada hubiera pasado.

UN BIGOTE PELIRROJO
Alnas se resignó desde un principio; abrió su nichito en la pared, y sacó su linterna. La prendió y la colgó de una cuerda que había logrado instalar en el techo del armario sin que su padre lo notara. Prendió el aparato y su lugar de castigo se iluminó. Agarró su paquete de papas, lo abrió y empezó a comer. Cada tanto tomaba un sorbo de agua de la botella, pero procurando que quedara para después. Cuando hubo acabado el paquete, lo hizo un bollo y lo metió en su escondite. De ahí mismo sacó un libro que empezó a leer.
Pasaron los minutos, pasaron las horas, y su padre no venía a sacarlo. De pronto, escuchó que alguien se acercaba al armario. Cerró el libro de golpe, apagó y descolgó la linterna, guardó todo apresuradamente en el nicho y lo cerró con cuidado. Acababa de acomodarse cuando alguien tocó a la puerta. Por la forma de hacerlo, supo que era su padre. –Clarisse y yo vamos a salir. Volveremos tarde. No quiero ver nada fuera de su lugar, o te vas a arrepentir. Cuando escuches la puerta de entrada podés salir del armario. –anunció. Alnas no dijo nada. Jorge se impacientó y grito- Entendiste pendejo!?
-S-Si señor. –Se apresuró a contestar.
-Bien. –Gruñó su padre, y se fue escaleras abajo. Entonces, el chico escuchó cómo se abría y cerraba la puerta de la casa. Se habían ido. Tenía toda la casa para el durante varias horas. Abrió la puerta del armario y vio su mochila afuera, apoyada contra la pared. La agarró, sacó la tarea, y se la puso a hacer en el living. Era muy fácil, la verdad. Cuando iba por la pregunta 6), dibujar una célula animal y otra vegetal y compararlas, paró un minuto para ir a prepararse un te. Cuando llegó a la cocina se fijó la hora en su reloj: Las 12:05 am. “Que raro”, pensó, “a Jorge no le gusta llegar tarde, por que trabaja los días de semana”. Se encogió de hombros, ya que no le importaba, y, olvidándose del té, se dirigió de vuelta al living para terminar la tarea.
Hizo los 11 puntos de biología, y guardó la hoja con las respuestas en su mochila. Seguidamente, prendió la tele para ver las noticias: varias muertes, choques de autos, transito lento en las autopistas (ah, es por eso que se retrasa), y las cosas típicas. En eso, oyó a alguien afuera. Apagó la tele y se acercó a la ventana. La abrió, se asomó, pero no vio a nadie. “Debió ser el viento”, pensó, y la dejó abierta. Dio media vuelta, pero en cuanto se dispuso a caminar hasta el sillón, sintió que algo rozaba su oreja y mejilla derecha. Se tocó y se vio la mano: un hilo de sangre. Entonces dirigió su vista al frente: había una flecha clavada a la pared. Con los ojos como platos, volteó la cabeza y vió que un hombre robusto, de unos cuarenta años, con bigote poblado color naranja y un sombrero de vaquero que coronaba su cabeza, le apuntaba con un arco y una flecha desde la ventana. –Eh… Señor? –Preguntó tímidamente. Pero el hombre se dispuso a soltar la tanza del arco. Sin darse cuenta, y con una velocidad inesperada, Alnas se agachó y esquivó la flecha, pero el tipo de la ventana ya sacaba otra de su carcaj y empezaba a colocarla para apuntar hacia el chico. Alnas rodó hasta la puerta del living, corrió por el pasillo y subió a toda prisa las escaleras. Cuando llegó al segundo piso, dobló a la derecha y entró por una puerta de madera hasta su pequeña pieza. Fue al lado de su cama, y buscó la tabla de madera más oscura. Mientras lo hacía, oía los apresurados pasos del hombre subiendo los escalones. Al fin encontró la tabla que buscaba: pisó todo lo fuerte que pudo, y la tabla se levantó del otro lado. De ahí, sacó un pañuelo de seda que, según Jorge, había pertenecido a Laura, su madre biológica. Lo tomó y se puso al lado de la puerta a esperar. Sabía que el loco del carcaj abriría su puerta en cuanto hubiera descartado las demás. Pasaron segundos, que parecieron años, pero no bajó la guardia. Enrolló una punta del pañuelo a cada mano, y, cerrando los puños, lo estiró. Su idea principal, consistía en que una vez que el hombre entrara a su habitación, el saltaría desde un costado y enrollaría el pañuelo alrededor de su cuello, como amenaza para que respondiera sus preguntas. Pero, aunque tenía mucha confianza en sus habilidades físicas, no sabía si sería oponente para el mastodonte que lo buscaba al otro lado de la puerta. “Qué pasa?”, se preguntó, mientras intentaba ver a través de la pequeña abertura que había dejado para que entrara luz. “Por qué a mi?”, se dijo para sus adentros, mientras apretaba el pañuelo cada vez más fuerte, y procuraba que ni sus latidos hicieran ruido. El miedo llegaba a cada parte de su cuerpo, desde la punta de sus largos cabellos, hasta los dedos de los pies; pero eso no le impediría defenderse de ser necesario. Entonces, el hombre, que ya había abierto bestialmente las puertas de dos habitaciones en frente de la suya, se dio vuelta, para ver, sin darse cuenta, a Alnas directamente a los ojos. Ahí fue cuando pasó. Sus piernas cedieron ante el peso del cuerpo y la gravedad, y calló de rodillas. No entendía lo que pasaba. Por alguna razón, todo se veía más oscuro, se sentía mareado. Vio al hombre acercarse con un rostro triunfal hacia su habitación, y se sintió frío. Algo; Algo no le dejaba pensar en otra cosa que no fuera su dolor de cabeza o aquel sudor frío que empezaba a recorrer desde la sien hasta sus huesudos hombros. El hombre entró en la habitación, se puso de cuclillas, justo al nivel al que estaba la mirada perdida de Alnas, y le susurró al oído:
-¿En serio pensaste que me enfrentaría a un maldito asustado, sin más que meras flechas de huesos?
-Un… Mal… maldi… -Pero no pudo terminar la frase, por que la oscuridad en su cabeza le ganó, e hizo que se sumergiera en un profundo sueño.

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